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postura moral que la motive a rehuir los criterios de oportuni-
dad y mera eficiencia como paradigmas de conducta. Ninguna
moda ideológica, ninguna visión estrecha y determinista, ha de
condicionarla ni hacerle perder de vista la misión para la que
fue creada.
Hacia afuera, la universidad es una comunidad particular ligada
a una comunidad general. Toda universidad vive vinculada a
una sociedad mayor. Y ese vínculo, como ya he señalado, no
es de ningún modo fortuito. Si existe esa comunidad interna
que he mencionado, ello es porque el resto de la sociedad crea
las condiciones para que un conjunto de personas se retire de
la esfera de la producción y del consumo -que se sustraiga a
la reproducción material de la sociedad- para dedicarse a una
actividad de rendimiento diferido y no directo, como es la acti-
vidad intelectual. Digamos que la universidad como comunidad
de conocimiento existe por una necesidad de las sociedades.
Estas, para su propia preservación y salud, ofrecen un espacio
reservado para la creatividad intelectual, para la inquietud teó-
rica, para el ejercicio de la crítica, el cuestionamiento, la curiosi-
dad. La consecuencia de ello es que ninguna universidad realiza
su naturaleza -su
ethos- si no devuelve el favor de ese espacio
concedido, devolución que se expresa en saberes aprovechables
para el mejoramiento material y espiritual de la sociedad a la
que pertenece.
Hemos dicho que esta comunidad, en el doble sentido men-
cionado, tiene una vocación inequívoca que es la búsqueda, la
transmisión y la renovación del saber. El conocimiento es, pues,