Segunda época, año 11, número 11 - 2017 / UNIVERSIDAD RAFAEL LANDÍVAR

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OCCIDENTE «REDESCUBRE» EL MUNDO MAYA: 

EXPLORADORES Y VIAJEROS 

Volvería a trascurrir casi un siglo para que existiera un nuevo acercamiento entre el 
mundo occidental y los sitios de las tierras bajas mayas. Esta vez sería en Chiapas, 
donde en 1773, el cura Ramón Ordóñez envía la primera expedición a Palenque, la 
cual sería seguida por la de Juan Antonio de Calderón en 1784, la de Antonio de 
Bernasconi en 1785, y la de Antonio del Río en 1787, las tres bajo encargo de Josef 
de Estachería. Iniciaría así un ciclo de especulaciones en donde una de las preguntas 
principales sería la relación de aquellas ruinas y los habitantes indígenas de la región. 
Las respuestas irían desde un origen local, marcado por un fuerte nacionalismo como 
el de Juan Galindo (por cierto de origen irlandés) hasta un origen transatlántico, es 
decir, un origen en diferentes lugares del mundo, que incluye Asia, Tahití y la misma 
Atlántida (Brunhouse, 2000).

Sin embargo, los reportes fueron rápidamente olvidados o «engavetados» y no sería 
hasta las publicaciones de John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood, en 1839, 
que el mundo occidental vería por primera vez los vestigios de más de cuarenta 
ciudades que yacían olvidadas en la selva. Es importante resaltar que Stephens otorgó 
un origen local a aquella civilización y reconoció a los grupos mayas de la época con 
una conexión directa con aquella (Stephens, 2003). Sus escritos se convirtieron en 
un éxito de inmediato en Europa y Norteamérica, y con seguridad tuvieron algún 
alcance en la élite criolla de una Guatemala ya independizada.

Pocos años después, Edward H. Thompson (1892) sería el primero en resaltar la 
importancia del estudio del patrón de asentamiento de aquellos sitios, en función 
de comprender a la sociedad que los había creado. En su intento, no vio mayores 
diferencias con los grupos yucatecos con los que convivía y de los cuales fue 
considerado parte al ser aceptado como integrante de una de sus fraternidades, 
el grupo Sh´tol,

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 y sería el primer investigador en notar la presencia del koben, la 

disposición triádica de tres piedras que contiene el fuego de cada hogar y que veremos 
reflejado más adelante en la arquitectura. Le seguiría una serie de exploradores como 
Teoberto Maler, Alfred Maudslay, Eduard Seller y Karl Sapper, quienes, bajo la 
sombra de una naciente ciencia antropológica, iniciarían registros y observaciones, 
incrementando así el interés de los futuros primeros antropólogos y arqueólogos 
mayistas por conocer más profundamente la organización sociopolítica de aquellos 
grupos tan distantes en tiempo y espacio.

1 Escrito según las fuentes, seguramente hoy se escribe X´tol.