y ha entrado en ella con nuestra humanidad, nos ha abierto a un 

futuro de esperanza.

He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la 

esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. 

Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros: es el 

hombre vivo (cf. san Ireneo, Adv. haereses, 4,20,5-7).

Queridos hermanos y hermanas, Cristo murió y resucitó una 

vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, 

este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe po-

nerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concre-

tos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos 

debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto 

que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del próji-

mo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que 

el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios 

puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir 

incluso a los huesos secos (cf. Ez 37,1-14).

He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la 

gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la 

misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que 

la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y ha-

gámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de 

los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y 

hacer florecer la justicia y la paz.

Así, pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la 

muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en per-

dón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por 

medio de él la paz para el mundo entero.

Paz para Oriente Medio, en particular entre israelíes y pales-

tinos, que tienen dificultades para encontrar el camino de la con-

cordia, para que reanuden las negociaciones con determinación y 

MENSAJES DE SU SANTIDAD EL PAPA FRANCISCO

2