amor de Dios, comparado con el de un padre hacia su hijo: «Cuando Israel era 
niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más los llamaba, más 
se alejaban de mí; […] ¡Y yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por 
los brazos! Pero ellos no reconocieron que yo los cuidaba. Yo los atraía con lazos 
humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura 
contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer» (Os 11,1-4). A pesar 
de la actitud errada del hijo, que bien merecería un castigo, el amor del padre es fi el 
y perdona siempre a un hijo arrepentido. Como vemos, en la misericordia siempre 
está incluido el perdón; ella «no es una idea abstracta, sino una realidad concreta 
con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se 
conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. […] Proviene 
desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y 
compasión, de indulgencia y de perdón» (Misericordiae Vultus, 6).

El Nuevo Testamento nos habla de la divina misericordia (eleos) como síntesis 

de la obra que Jesús vino a cumplir en el mundo en el nombre del Padre (cfr. 
Mt 9,13). La misericordia de nuestro Señor se manifi esta sobre todo cuando Él se 
inclina sobre la miseria humana y demuestra su compasión hacia quien necesita 
comprensión, curación y perdón. Todo en Jesús habla de misericordia, es más, Él 
mismo es la misericordia.

En el capítulo 15 del Evangelio de Lucas podemos encontrar las tres parábolas 

de la misericordia: la de la oveja perdida, de la moneda perdida y aquella que 
conocemos como la del “hijo pródigo”. En estas tres parábolas nos impresiona la 
alegría de Dios, la alegría que Él siente cuando encuentra de nuevo al pecador y 
le perdona. ¡Sí, la alegría de Dios es perdonar! Aquí tenemos la síntesis de todo el 
Evangelio. «Cada uno de nosotros es esa oveja perdida, esa moneda perdida; cada 
uno de nosotros es ese hijo que ha derrochado la propia libertad siguiendo ídolos 
falsos, espejismos de felicidad, y ha perdido todo. Pero Dios no nos olvida, el Padre 
no nos abandona nunca. Es un padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra 
libertad, pero permanece siempre fi el. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como a 
hijos, en su casa, porque jamás deja, ni siquiera por un momento, de esperarnos, 
con amor. Y su corazón está en fi esta por cada hijo que regresa. Está en fi esta porque 
es alegría. Dios tiene esta alegría, cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide 
su perdón» (Ángelus, 15 de septiembre de 2013).

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SU SANTIDAD FRANCISCO