HERBERTH SOLÓRZANO Y JUAN ANTONIO IBÁÑEZ

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REVISTA ACADÉMICA ECO (14) : 59-70, JUNIO 2016, ISSN: 2312 - 3818

1. Revisión de la literatura

Los economistas llevan muchos años midiendo la contribución de los factores 
productivos al crecimiento de la producción, para lo cual se ha desarrollado 
una metodología, llamada “contabilidad del crecimiento”. Solow (1956 y 1957) 
hizo la primera aportación importante. La contabilidad del crecimiento se basa 
principalmente en la idea de que el crecimiento de la producción puede descomponerse 
o desagregarse en componentes que se identifican con el crecimiento de los factores 
y una tasa de crecimiento residual que no se atribuye al crecimiento de los factores. 
Por tanto, la contribución de todos los factores en su conjunto, es igual a una media 
ponderada de sus tasas de crecimiento, en la que la ponderación de cada factor es 
igual a su participación en el Producto Interno Bruto (PIB).

De acuerdo a Helpman (2004) y Easterly (2001), existen pruebas convincentes de 
que la productividad total de los factores (PTF) desempeña un importante papel 
en la explicación de las diferencias internacionales observadas entre los niveles de 
renta por trabajador y entre las pautas de crecimiento económico. Estos datos han 
llevado a los economistas a concluir que para comprender el crecimiento de los 
países, es necesario entender mejor las fuerzas que determinan la productividad 
total de los factores. 

Al respecto, los economistas coinciden en que las innovaciones tecnológicas son 
un importante determinante de la PTF. Eso es lo que mantenía Solow y es también 
lo que pensaban tanto sus discípulos como sus críticos (Helpman, 2001). Destacan 
entre ellos Landes (1969), Rosenberg (1982) y Mokyr (1990). Ciertamente,  el 
estudio de Solow de 1956 dio origen a un torrente de investigaciones durante la 
década de 1960, que extendieron y ampliaron su enfoque básico. Pero esta oleada 
se detuvo a principios de los años setenta. Y a pesar de algunas excepciones 
notables -como el modelo de Arrow, de aprendizaje por medio de la experiencia 
(1962); el modelo de Uzawa (1965), de las mejoras de la productividad impulsadas 
por el capital humano y; el modelo de Shell (1967), de la actividad dedicada a la 
invención- la teoría del crecimiento continuó siendo predominantemente una 
teoría del cambio tecnológico exógeno (Helpman, 2001). 

Tras años de abandono, aparecieron con toda su fuerza en la década de 1980, 
dos artículos clave de Romer (1986) y Lucas (1988). Esta segunda oleada de la 
“nueva” teoría del crecimiento, ha puesto el énfasis en la innovación como fuente 
inmediata de crecimiento de la productividad. Romer formalizó un mecanismo 
que recoge estos efectos. De acuerdo a Helpman (2001), una novedad importante 
es su modelo de la relación entre la productividad de los recursos dedicados a la 
investigación y desarrollo y la inversión acumulada en ella. El modelo de Romer, 
a diferencia del modelo de Solow, predice una relación entre la asignación de los 
recursos y el crecimiento de la productividad.